La mía es una ciudad pequeña
que duerme sobre una antigua colina
y domina mil colinas bajas
que corren hacia el mar Tirreno,
el Arno o hacia el interior
de los bosques seneses.
Los habitantes son casas viejas
con habitaciones pintadas
de colores vivos.
Por fuera, sin embargo,
todas son de un único color,
amarillo como la piedra de los etruscos,
las murallas, las puertas y las tumbas.
Se saludan por la calle
llamándose por su nombre:
—¡Hola, Franco!
—¡Hola, Sandro!
—¿Eh, qué tal, Vittorio?
—No, ese no es Vittorio, es su hijo;
Vittorio murió…
—Lo siento.
—Hace ya seis años.
—¡Cómo pasa el tiempo!
Y, sin embargo, no;
aquí el tiempo no corre,
pasa despacio,
tan lentamente que a veces
parece querer detenerse
para dar, una vez más, un respiro
a las cenizas escondidas
dentro de las piedras amarillas.
