El agua que cae
durante los monzones tirrénicos
se lleva de mi ciudad
a los niños y a los jóvenes.
Los arrastra río abajo,
y el río los lleva hacia el mar,
donde se quedan, crecen,
encuentran trabajo y forman una familia.
Y aquí ya no quedan niños ni jóvenes.
Solo jubilados, perros, gatos y roedores,
por no hablar de los jabalíes
y de otros animales salvajes.
Niños, ninguno. Todos en Cecina,
donde está el mar, o en Pontedera
o Ponsacco, donde el agua se estanca
